Se levantó y se puso su camiseta nueva de Superman. Repasó rápidamente sus notas.
El asistente social llevaba en el trabajo 3 meses, y quería impresionar. Su carrera de psicología le había servido de bien poco, rellenado formularios detrás de la mesa. Pero esto era otra cosa.
El jefe le había pedido que visitara a Justa, una anciana del barrio. Le dijo que los vecinos habían denunciado varias veces el estado, en que a su juicio, se encontraba la abuela, y que esa experiencia le iría bien, que así saldría de entre los papeles y vería el mundo real.
Así pues le encomendaron una visita.
El portal no estaba mal conservado. No tenía un aspecto descuidado. Pero se asombró de encontrarse la puerta del piso entreabierta en un barrio como aquel.
Llamó al timbre y escucho una voz que denotaba edad pero también energía.
Al entrar en la habitación la vio.
Justa no se conservaba mal para los 70 años que tenía. No vestía tampoco de acorde a su edad, con aquella bata de seda japonesa. Los labios los tenía pintados de un rojo insultante y en general tenía un aspecto sano. Delgada, fibrosa. No aparentaba ser una persona mayor con problemas.
- Pase, pase. ¿Que quería?
- Buenos días, vengo del ayuntamiento, quería hablar con usted. ¿Que tal se encuentra?
- Bien, dijo ella, ¿Ya han vuelto a dar la murga los vecinos?, ¿Porqué no me dejan en paz?
- Bueno, verá, el caso es que ellos se preocupan por usted. Piensan que está desatendida.
- Ah, ya, contestó Justa encendiendo un cigarrillo con boquilla, es lo que tienen estos tiempos, la gente se aburre, ve demasiada televisión y follan poco.
El asistente tragó saliva, pero recordó las enseñanzas de la universidad, y prosiguió intentando ganarse la confianza de su interlocutora.
- Piensan que está usted sola y desatendida. ¿No sale nunca?
- ¿Para qué?, dijo ella, tengo todo lo que necesito, y si algo me falta me lo traen mis amantes.
¡Vaya con la vieja!, pensó Superman
- ¿No tiene familia?
- Una hija, pero vive en París. Hace su vida, como hice yo. Procuro no molestarla. Sabe mi dirección por si necesita algo
- ¿Es usted creyente?, preguntó señalando la foto del nuevo Papa en la repisa al lado del cenicero.
- No. ¿Lo dice por la foto? Lo trajo el cura que me tiré ayer. Cuando vuelva se la devolveré. No creo en Dios, es más, no creo que el tampoco crea en mi. Es un tema que no me interesa en absoluto. El me ignora y yo a el.
El asistente no sabía muy bien que decir y dudó.
- ¿Quiere usted un café?, dijo Justa, voy a ponerme una copa.
- Ah, gracias, sí, contestó el para ganar tiempo.
La vio levantarse andado como una diva hacia la cocina.
El buscó ideas y recuerdos sobre este tipo de situaciones. Pero lo único que conseguía recordar claramente eran las instrucciones del curso de salvavidas de la piscina. Aquellas que decían que para salvar a alguien de morir ahogado lo importante es que la persona en peligro quiera ser salvada.
- Tome joven, le dijo la abuela, mostrándole un café y que no llevaba ropa interior.
- Gracias. Pues en fin, yo creo que esta usted muy bien, ¿No?
- Usted es el experto, ¿No?
- Si, si, claro, digo no, la verdad no se que decirla.
- Ya, siempre le pasa a todos los nuevos
- ¿Como?, ¿Que nuevos?
- Los que me mandan del ayuntamiento. Por cierto dígale a su jefe que se dejo el otro día la pitillera, que se la devolveré cuando me traiga los videos que nos grabamos la otra noche.
- OK, OK, marcho entonces
- Adiós joven y no se lo tome como algo personal, pero me parece usted un poco zangolotino.
El se levanto rápido, y bajo la escalera tropezando por la prisa.
Todavía movía la cabeza de un lado a otro cuando abrió la puerta del despacho del jefe.
Un montón de risas le recibieron, junto a una cartulina que levantaban entre sus compañeros.
Solo ponía "Kriptonita".
No pudo menos que sonreír.