martes, marzo 21, 2006

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 91

Se agazapaba dentro del dispensador de la ducha.
Llegaba de la montaña, y se quedaba allí esperando hasta que accionaran el grifo.
El viaje en si le parecía un aburrimiento. Vueltas y mas vueltas a través de recovecos y tuberías. Pero ansiaba el momento de llegar a su destino.
Allí desde su mirador había asistido a escenas de todo tipo.
Desde como un padre lavaba el pelo a su hija con todo cuidado, a besos que le parecían más húmedos si cabe que el mismo.
El desespero y los lloros del amante despechado, el cansancio de los años de los mayores que se inclinaban en la bañera, los juegos de algunas mascotas y sus amos.
Era una buena atalaya para observar a los humanos.
Incluso cuando abrían los grifos, y el tocaba durante unos instantes esos cuerpos intentaba llevarse un poco de lo que había visto.
Desgraciadamente no lo conseguía. Y proseguía su periplo hasta volver a la montaña.
Y allí seguía esperando que le reclamaran, y poder disfrutar de aquellos momentos nimios que nosotros despreciamos por parecernos irrelevantes.
Sin embargo, el agua pensaba ciertamente que incluso unos segundos de contacto con esas personas eran una vida, y que si los observaba con atención, merecían todo el respeto por lo bellos, emocionantes, tristes o dramáticos que pudieran ser.
Y al que escribe también se lo parecen y procura prestar atención a todo eso, y pensar que no hay que volar en un reactor para encontrarlos. Solo observar. Como alguien hace ahora conmigo.