El médico saboreaba las últimas caladas de su cigarro cogiendo con monotonía las curvas del puerto con la rutina del camino hecho millones de veces.
Pensaba en la conversación que había tenido con las autoridades del ayuntamiento.
- Ese pueblo esta perdido. Apenas quedan 10 habitantes. Mayores. No sabemos porque le dedica tanto empeño. Su tiempo debe estar con el pueblo nuevo. Deje la montaña.
Eso dijeron.
A el la idea no le gustaba para nada. Era cierto que eran mayores. Pero ellos mismos habían sido amigos y compañeros de su padre antes que de que se marchara a la capital a ejercer como medico. Su padre le había contado miles de historias, como Remigio pescaba las truchas con la mano, Maria que los volvía a todos locos enseñándoles las pantorrillas, como trepaba Raúl a los árboles a coger frutas, etc., etc.
Por eso el cuando eligió destino no pudo más que tirar para aquel monte. En cierto sentido les debía algo.
Y no estaban tan mal, tenían una antena parabólica que les comunicaba con el mundo y una cabina publica de teléfonos.
Siempre veía las puertas de sus casas abiertas y como los abuelos al abrigo del sol veían la tele con cara de ensimismados. La llegada de aquella ventana al otro mundo los había descolocado un poco y pasaban horas y horas viendo policías de Nueva York perseguir traficantes de droga. Ellos que el único incidente conocido fue cuando subió la guardia civil preguntando por aquellos excursionistas de largos pelos que se habían perdido en una noche de alcohol.
O discutir a famosos en voz en grito, insultándose. Recontra. ¿Insultos? El no recordaba haber oído a aquellos viejos oír una palabra más alta que otra.
Eso iba pensando cuando la ceniza del cigarro consumido le aviso de que entraba en la aldea.
Bajo del coche y oyó risas. Pensó, ¿que estarán poniendo en la tele? Pero no parecía eso, sino risas más cercanas.
Vio cruzar a Maria corriendo agarrándose la falda en la manos, enseñando unas piernas blanquísimas, viejas, pero bellas.
- ¿Maria donde va usted mujer?, que se puede caer.
Ella no respondió y mirándole salio corriendo hacia otra esquina con mas risas.
Detrás aparecieron dos abuelos con la cara rosada, remangados y el pecho al descubierto. Riendo y rojos como una manzana por el esfuerzo de la carrera. Señalando el lado por el que había desaparecido Maria y riendo como locos, desaparecieron por la misma esquina.
Se fijo en la higuera y allí estaba Raúl arrojando higos a otros dos compinches.
- Raúl, bájese de ahí, hombre, que no tiene edad para esas cosas.
Raúl le arrojo un higo a sus manos por respuesta y siguió a lo suyo.
El no salía de su asombro cuando vio a Remigio llegar con una cesta cargada de truchas.
- ¿Que pasa, Remigio?, ¿Que ha ocurrido?, ¿Se han vuelto todos locos?
- No hombre, le contestó el pescador, ¿Locos?, ¿Por qué?
- No ven ustedes que son muy mayores. Deberían estar descansando viendo la televisión.
- La televisión es un coñazo, dijo el pescador, menos mal que ayer vino ese nubarrón y el rayo partió la antena. Ahora estamos como antes. ¿No nos ve?
Claro, pensó el, como podía competir la tele con las pantorrillas de Maria, las truchas, los higos,
Tienen razón, eso se dijo, cuando volvía con su coche al pueblo nuevo.
Encendió un cigarro, sujetando el volante con una mano. Volvería a subir a la montaña para gozar de la vida con aquellos viejos todas las veces que pudiera.
Eso pensaba.
Y recordó, que antes de volver, debía arrojar a la basura el teléfono de la cabina que el mismo había arrancado, no fuera que alguien llamara a aquellos ancianos locos, preguntado que canal veían.