jueves, febrero 02, 2006

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 82

Ya hacía tiempo que había pensado abandonarla.
No me gustaba ya. Ni me excitaba la idea de reunirme con ella. Ni por supuesto me producía el mismo placer nuestros encuentros.
Anduve meditando el como decírselo. El como hacerlo para no dañarla. Después de todo había sido mi compañera muchos años.
Ya no la chuparía, ni la lamería, ni la gozaría, ni la desearía como cuando era joven.
No nada.
Sin embargo se hincó de rodillas, y me dijo que ahora me lo haría mucho mas barato.
Y empecé a recordar y me volvieron a entrar ansias.
Si encima iba a salirme mas barato.
No la dije que me daba la impresión que durante muchos años me había estafado con sus precios.
Pero claro, me gustaba tanto.
Y ante semejante oferta decidí volverla a tomar.
Y por supuesto me compre una cajetilla más de tabaco.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 83

Un día conocí a una araña en un helecho.
Tenía una tela perfecta.
Debido a las constantes lluvias su tela se rompía continuamente.
Pero ella no se inmutaba y la reparaba continuamente del mundo.
Siempre quedaba como la primera vez que la vi.
Ante la exhibición de destreza y paciencia no pude menos de preguntarla.
- ¿Como es posible que hagas esto así? Es perfecto.
Y ella con gesto de sorpresa y parando un momento me dijo
- ¿Es que hay alguna otra manera de hacer las cosas?
Y siguió con su quehacer.
Desde entonces se porque los insectos sobrevivieron a los dinosaurios.
Y nos sobrevivirán a nosotros.
Seguro.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 80


En el cartel de la puerta lo ponía claramente. "POR FAVOR, NO DEJAR LA PUERTA ABIERTA".
Pero claro, ya nadie se acordaba ni quien lo había colgado.
Ni quien fue el que se la dejo abierta.
Ahora todo el mundo cruzaba la puerta abierta de par en par y nadie la cerraba.
"Seguro que la han dejado así por algo", eso pensaba.
Luego vinieron las palizas a los mendigos, las agresiones a las mujeres, el abuso de la buena voluntad, el chantaje, los egoísmos, las guerras ilegales, la tele basura, etc., etc.
Pero claro.
"Seguro que la han dejado así por algo".
Y ahí sigue abierta.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 81

Nervioso como estaba por lo que acababa de hacer se maravillaba que en el fondo del lago se estuviera tan calentito.
Miraba el juego de luces que se reflejaban en la superficie, y como la lluvia de rayos de sol cruzaba el agua hasta calentarle los pies.
-"Lluvia de sol", pensaba el.
Que cosas más raras.
Y todo por unas palabras malentendidas y un amor no correspondido, que se le ataron a los pies, junto a una piedra de considerable peso.
Allí andaba, ya mas relajado sin la necesidad de adquirir aire, y con una tranquilidad pasmosa.
Meditó sobre lo que le habían contado sobre los ahogados.
Que veían la vida pasar, decían. El, en cambio, tenía el convencimiento absoluto desde que se ahogó , de que una historia nueva había comenzado.
Y me la susurró al oído en una noche de insomnio.
Al menos, el principio.






Daniel Valenzuela

Ullum, Argentina
El ahogado
Acrílico sobre madera
Agosto 2002

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 79

Esta mañana no encontraba la cartera.
Mala cosa.
No es por nada, llevaba lo típico de las carteras. Unas tarjetas, carnet, etc.
Pero se ha agobiado.
Mas que nada porque cuando uno pierde la cartera uno debe volver a decirle al mundo quien es, para que este le reconozca, y le de un papel diciendo "Efectivamente, Eres tú".
En fin.
Pero él la he encontrado.
Y no le dará más explicaciones a nadie.
Ni de quien es, ni de quien quiere ser.
Paso

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 78

El quería escribir algo erótico, pero no sabe.
Las palabras se le han derramado por los pechos de ella, y se han alojado entre los encajes de unos rizosos pelos que anuncian unas lenguas de terciopelo, tan calidas como húmedas.
Y ella no se las devuelve. Dice que en su interior han explotando, anunciando un placer tan ansiado como ausente.
El mira mientras ella se ducha, y se quita la tinta.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 77

Siempre el mismo sueño y a la misma hora.
Las 4 de la mañana y sonaba el móvil.
El descolgaba y preguntaba:
- ¿Quien?
- ¿Sabes?, Te echo de menos, le contestaban al otro lado
- Solo un poco, decía el con humor
- Si, un poquito.
- Vale, ¿Pero quien eres?
Y colgaban.
Y el ya podía dormir tranquilo, porque no hay mejor sueño que el que se vive despierto.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 76

Aunque le juró que se le desviaba la mirada, el supo que no, que no era así. Que su mirada era limpia y sus palabras atropelladas.
Tenían sentido y eran equivocas.
A el le daba igual porque se acunaba en sus pupilas, descifraba el sentido de lo que le querían decir, y dibujaba sueños felices.
Y pasaban minutos, y los guardaba en el saco del tiempo que nunca era perdido.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 75

Una llamada de teléfono a las 4 de la mañana prometía mucho. Pero el tono de voz no era el que uno quería oír. Y ni siquiera, a pesar de la borrachera, las palabras eran lo suficientemente ininteligibles como para obviarlas. El alcohol azuza el fuego y las quemaduras son más grandes.
Las siguientes frases fueron iguales.
Aunque el teléfono hace rato que dejó de desgranar aquella canción que le recordaba su primer beso, para el seguía sonando con la misma intensidad.
Le decía que las promesas no siempre se cumplen. Que no somos como quieren que seamos. Que nadie es perfecto. Que esa llamada no era para ti, pero la había recibido. Y como todo lo que le a uno le es ajeno, se quedó sin respuesta posible.
¿Qué es lo que echaba de menos?
La inquietud dio paso al insomnio. Y ya no se fue hasta la noche siguiente.
Cuando aquella canción empezó a sonar de nuevo, el ya pensaba que lo mejor era cambiar el tono del móvil.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 74

Abro el paquete y me encuentro mi corazón quemado como un tizón.
Al lado una tarjeta que solo dice " No fué ni bonito mientras duró"
Lo pongo en la repisa al lado del fósil del dolor, porque la verdad, ya no siento ni eso.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 73

-¿Cuanto estas dispuesto a pagar por tu felicidad?, preguntó Suerte.
-¿Como?, dijo el tipo normal
- ¿Que cuanto estás dispuesto a pagar? ¿No creerás que ser feliz es gratis? Nada en este mundo lo es.
El tipo normal dudó, se rascó el mentón y alzo una ceja.
- Ya lo tengo. Pagaré todo lo que tengo.
Suerte no esperaba esa respuesta. Pero avariciosa como es extendió sus brazos para recoger el precio acordado.
El tipo normal metió las manos en los bolsillos y le entregó un montón de facturas, una carta de amor que nunca echó, una foto cortada por la mitad con unas tijeras, un paquete de pañuelos de papel usados, unas cuantas lagrimas, algunas dudas, y por fin dando la vuelta a sus bolsillos y mostrándolos vacíos como estaban, sonrió.
Suerte burlada cumplió su promesa, y el tipo normal fue feliz.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 72

El escuchar tantas voces en una lengua diferente a la suya le tenía desconcertado.
Llevaba poco menos de un mes y no conseguía habituarse. Entro en el súper y señalando con el dedo, siempre señalando, se hizo con un pollo asado.
Se sentó al borde del muelle y empezó a trocearlo . Unas gaviotas golosas se acercaron a el, y les arrojó parte de la pechuga. Contempló como volvían los pesqueros y les hizo un amago de saludo con la mano. Se lo devolvieron y dio gracias al cielo por tener brazos y manos. Los gestos son universales.
Se limpió y se prometió que hoy volvería a abrazar a la pelirroja pecosa, y danzarían mientras bebían buen güisqui. Incluso se atrevió a pensar que hoy sus dedos descenderían un poco más por aquella espalda, y la propondrían seguir aprendiendo idiomas en la cama de su habitación.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 71

La espalda le cruje un poco al agacharse. Va recogiendo los restos del banquete poco a poco. Ha abierto las ventanas para que se vaya el humo de los cigarros. Hay ecos de risas y alguna que otra discusión por las esquinas.
Los muñecos de plástico con esas sonrisas pintadas le hacen burla. Los va cogiendo e introduciendo en una caja opaca. Así evitará que su imagen le traiga recuerdos durante algún tiempo.
La plastilina de colores con la que moldeaban sueños, mientras el veía solo pesadillas, vuelve a su frasco.
- ¿Puedo saludarla?, la frase se había quedado pegada en una vitrina y el la limpió aplicando a la bayeta la misma rabia que le costó oírla.
- Haz lo que quieras, se había quedado en una telaraña y costó solo un soplido que se fuera. Menos que lo que a el le había costado pronunciarla.
Las bebidas. Los platos. Las noticias de la isla y una princesa de 3 años. Las promesas. Los buenos deseos. Los nervios que se acabaron con el sonido del timbre. Todo tiene su rincón asignado.
Excepto una cosa.
La pena que le causa esa acción y el dolor de saber que no existe consuelo posible.
Al menos durante otros 15 días.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 70

Hoy los habituales cantos y declaraciones de amor se han marchado por ahí de fiesta.
Estamos de puente, eso dicen, no tenemos línea, eso alegan, no aparecen, para que.
No le gusta que le pasen la mano por el lomo. Pero el que necesita y acude a el siempre arranca un pedazo.
No es justo. Pero nadie dijo que la vida debiera serlo.
Pocos pedazos quedan que arrancar. Al final solo queda el cuero curtido por tanto egoísmo.
No es un juguete de reyes para que lo guarden en el desván y lo saquen de vez en cuando.
Y lo peor es que lo sabe.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 69

Los cuerpos se retuercen y el estira el cuello para encontrar el lugar donde libar el placer de ella.
Ella tiene el paladar lleno de el y con un lento movimiento saborea a su amante. Giran y danzan en su lecho de sabanas devorándose el uno al otro. Atentos ha como se eriza la piel y se contraen sus oquedades, buscando las señales de que son los más queridos y necesitados, aunque sea por unos segundos.
Marcando diferencias con otros jugadores anteriores, y queriendo dejar el recuerdo de su banquete.

Eso piensa el, intentando retener su interior.
Ella emite unos sonidos que al le parecen música.
Se liberan y funden en un mar de icores.
Se juran amor eterno, aunque sea solo por y para ese instante tan apasionado.

(Era el número 69, que le voy a hacer)

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 68

El apéndice que sale del ratón óptico se une a dos ojos que observan con atención una pantalla.
Se asombra de que en plena era de la comunicación, con satélites, Internet y millones de kilómetros de cables y fibras ópticas el único contacto que necesita no se haya producido.
Pasa días delante de la pantalla, retenido por alguna fuerza misteriosa que le une al ratón. Observa con pasmo que por encima de todo lo que reclama su atención en esa pantalla se refleja su propia imagen ojerosa y descuidada.
Un día llaman a la puerta y abre.
Es ella. Una. Cualquiera.
Pero el no consigue besarla porque el ratón y el teclado emiten unos pitidos horrorosos, reclamando su anterior protagonismo.
Definitivamente logra zafarse y arroja la electrónica por la ventana.
Mañana comprará un bloc y unos lápices de colores con los que pintar desnuda a la bella que ha derrotado a los bits.
O no.
O si.
O se habrá quedado otra vez hipnotizado por la pantalla.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 67

El hombre solitario ha quedado con un café para tomar un amigo.
Charla animadamente con su aroma, y procura echarle la dosis justa de azúcar para que no se sienta adulado.
Remueve la conciencia del café con su cucharilla. Lo justo para no incomodarle.
Le habla con su olor de países y viajes. Sin arrogancia.
Lo bebe poco a poco, y lo apura sin fijar los ojos en los posos que deja.
Son muchos años juntos y sabe que le molesta. Es demasiado coqueto.
Termina y le da las gracias por ese ratito de compañía fiel.
El amigo no ha aparecido, pero siempre le quedará el sabor de la verdadera y única camaradería que nunca le falló. Aunque sea natural o torrefacto.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 66

Lleva un mes sentado en el banco de la estación del tren.
La estación de tren del pueblo llevaba cerrada dos años.
El pueblo del valle fue abandonado hace cuatro.
El valle fue inundado para hacer el pantano hace ocho.
El pantano se empezó a construir hace uan decada.
Nadie recuerda el porque esta ahí.
Ha pasado tanto tiempo.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 65

La arena de la playa es fina y se pega. El naufrago contempla los restos de lo que fue su barco. Ve a las sirenas que provocaron su desgracia.
Ahora ellas se afanan en provocarle entonando bellas canciones sobre banquetes y bacanales.
El naufrago no hace caso.
Les saca la lengua y se acuerda de su hija.
Se introduce en el agua y nada hacia mar abierto sin saber muy bien si lograra cruzar un día este océano de pena.
Pero no desiste.
Y cada brazada le hace mas viejo, pero no por ello ceja en su empeño.
Deja atrás sirenas y leviatanes, cachalotes y calamares gigantes, y cualquier cosa que se empeñe en distraerle.
Si llegará no lo sabe, no es importante. Lo importante es el viaje.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 64

El frasco estaba encima de la repisa y ella ya no quería ni mirarlo. Antidepresivos muy caros es lo que le habían recetado.
En fin. Se hizo la fuerte e intento abrir la tapa. El frasco resbalo entre sus dedos, como a cámara lenta, y cayó al suelo.
Se hizo añicos.
Extrañamente no oyó ningún cristal romperse.
Cuando se agachó persiguió una de las píldoras por debajo de su cama y lo vio. Lo que le había parecido una píldora era una pelota de goma con una sonrisa picarona. Había más. Un montón de ellas. Y patitos de goma que bailaban un vals. Y trozos de tarta con velas, que la pedían que las soplara. Muñecas, con trenzas doradas, saltando a la comba. Un sol que iluminaba mil lunas, y una luna que daba la vuelta a mil soles. Y toda la habitación reflejaba mil colores y ella se sentó encima de la alfombra de su dormitorio, aplaudiendo aquella pirotecnia de cosas alegres.
Y por supuesto, fue feliz recordando todas esas pequeñas cosas que se encierran en un frasco, y de vez en cuando nos tienen que recetar.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 63

El médico saboreaba las últimas caladas de su cigarro cogiendo con monotonía las curvas del puerto con la rutina del camino hecho millones de veces.
Pensaba en la conversación que había tenido con las autoridades del ayuntamiento.
- Ese pueblo esta perdido. Apenas quedan 10 habitantes. Mayores. No sabemos porque le dedica tanto empeño. Su tiempo debe estar con el pueblo nuevo. Deje la montaña.
Eso dijeron.
A el la idea no le gustaba para nada. Era cierto que eran mayores. Pero ellos mismos habían sido amigos y compañeros de su padre antes que de que se marchara a la capital a ejercer como medico. Su padre le había contado miles de historias, como Remigio pescaba las truchas con la mano, Maria que los volvía a todos locos enseñándoles las pantorrillas, como trepaba Raúl a los árboles a coger frutas, etc., etc.
Por eso el cuando eligió destino no pudo más que tirar para aquel monte. En cierto sentido les debía algo.
Y no estaban tan mal, tenían una antena parabólica que les comunicaba con el mundo y una cabina publica de teléfonos.
Siempre veía las puertas de sus casas abiertas y como los abuelos al abrigo del sol veían la tele con cara de ensimismados. La llegada de aquella ventana al otro mundo los había descolocado un poco y pasaban horas y horas viendo policías de Nueva York perseguir traficantes de droga. Ellos que el único incidente conocido fue cuando subió la guardia civil preguntando por aquellos excursionistas de largos pelos que se habían perdido en una noche de alcohol.
O discutir a famosos en voz en grito, insultándose. Recontra. ¿Insultos? El no recordaba haber oído a aquellos viejos oír una palabra más alta que otra.
Eso iba pensando cuando la ceniza del cigarro consumido le aviso de que entraba en la aldea.
Bajo del coche y oyó risas. Pensó, ¿que estarán poniendo en la tele? Pero no parecía eso, sino risas más cercanas.
Vio cruzar a Maria corriendo agarrándose la falda en la manos, enseñando unas piernas blanquísimas, viejas, pero bellas.
- ¿Maria donde va usted mujer?, que se puede caer.
Ella no respondió y mirándole salio corriendo hacia otra esquina con mas risas.
Detrás aparecieron dos abuelos con la cara rosada, remangados y el pecho al descubierto. Riendo y rojos como una manzana por el esfuerzo de la carrera. Señalando el lado por el que había desaparecido Maria y riendo como locos, desaparecieron por la misma esquina.
Se fijo en la higuera y allí estaba Raúl arrojando higos a otros dos compinches.
- Raúl, bájese de ahí, hombre, que no tiene edad para esas cosas.
Raúl le arrojo un higo a sus manos por respuesta y siguió a lo suyo.
El no salía de su asombro cuando vio a Remigio llegar con una cesta cargada de truchas.
- ¿Que pasa, Remigio?, ¿Que ha ocurrido?, ¿Se han vuelto todos locos?
- No hombre, le contestó el pescador, ¿Locos?, ¿Por qué?
- No ven ustedes que son muy mayores. Deberían estar descansando viendo la televisión.
- La televisión es un coñazo, dijo el pescador, menos mal que ayer vino ese nubarrón y el rayo partió la antena. Ahora estamos como antes. ¿No nos ve?
Claro, pensó el, como podía competir la tele con las pantorrillas de Maria, las truchas, los higos,
Tienen razón, eso se dijo, cuando volvía con su coche al pueblo nuevo.
Encendió un cigarro, sujetando el volante con una mano. Volvería a subir a la montaña para gozar de la vida con aquellos viejos todas las veces que pudiera.
Eso pensaba.
Y recordó, que antes de volver, debía arrojar a la basura el teléfono de la cabina que el mismo había arrancado, no fuera que alguien llamara a aquellos ancianos locos, preguntado que canal veían.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 62

Nunca encontraba nada a la primera. Por experiencia sabia que lo mejor estaba en el fondo del contenedor.
Así pues se hizo sobre el, apoyando la cintura en el borde y dejando los pies al aire por momentos. Intentaban encontrar las bolsas de la pizzería de al lado. Ahí siempre encontraba algo que aunque caducado les venia bien. Menudas cenas a base de mozarella y beicon se habían dado. Olía un poco a agrio pero el estaba acostumbrado.
Encontró su tesoro y volvió a aterrizar en la acera.
Y allí estaba.
Pelirroja, pechos desafiando a la ley de la gravedad. Hermosa y minimanente vestida. Elegante.
Le miro y le dijo:
- ¿Ya sabes quien soy? ¿No? Me has soñado muchas veces.
El sacudió la sucia gabardina que usaba de protección de la basura y contestó:
- Sí, se quien eres.
- ¿Nos vamos?, dijo ella, ofreciendo su mano donde relucía un bello reloj.
El tendió la suya con decisión y la colgó una bolsa repleta de mozarella.
- ¿Me sujetas esto?, pidió cortésmente.
Se llevó los dedos a los labios y silbó fuertemente.
Apareció la otra, sucia, un poco despeinada, pero con unos ojos negros grandísimos y profundos. Detrás dos pequeñuelos, una con una muñeca a la que faltaba un brazo, peinándola. El otro como siempre dando patadas a ese balón medio desinflado. Con las manos en el bolsillo y una mirada que abría las nubes como si se cortase la mantequilla.
Se acercaron a el y se repartieron las bolsas.
Toda la cuadrilla dio la espalda a la mujer despampanante e inició la marcha.
El volvió a coger la bolsa y la dio las gracias.
Ella todavía le agarro un instante la muñeca dudando y dijo:
- ¿Pero porqué?, ¿No te gusto?, ¿Acaso no tengo todo lo que siempre has deseado?
El la miró a los ojos y contestó.
- Todo, menos unos ojos negros que cuando me miran se que me ven tal como soy, como si fueran los míos propios.
Y marchó canturreando una canción de un anuncio que había visto en una televisión de algún escaparate.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 61

La estrechez del parking le hizo entrar en el lentamente.
A pesar de que el recorrido era corto lo hizo muy despacio.
Su plaza estaba al lado de la de sus vecinas. Una madre de unos 50, con su hija de unos 20 años. La chica siempre le había llamado la atención. Muy mona, muy arreglada, muy sexy y por supuesto muy apetecible.
El siempre procuraba dejar el coche bien alineado para no molestarlas, e impresionarlas.
Esa chica le traía loco.
Eso pensaba mientras aparcaba.
Al ir a recoger el maletín se le callo en el lateral del asiento del acompañante.
Agachándose intento recogerlo cuando oyó risas y abrir las puertas del coche de al lado.
Se quedo quieto porque le pareció raro aquel jolgorio en el parking. De hecho había habido varios robos e incluso un intento de atraco. Prudente como era permaneció inclinado entre los dos asientos a la espera.
Las risas pararon y se convirtieron en ruido de labios uniéndose.
Algún suspiro.
El no sabía muy bien que hacer pero pensó que la chica de sus sueños se estaba dando una fiesta con algún amigo.
Oyó incluso como se desabrochaban las ropas y decidió ponerse más cómodo.
Pronto lo que eran suspiros eran jadeos.
El no se podía resistir e intento asomarse a la ventanilla.
Pero los cristales estaban empañados, y las figuras difusas.
La vergüenza se le había pasado y convertido en bulto en su bragueta, así que decidió darse placer así mismo.
Total, el ambiente era propicio.
Se masturbó hasta que los ruidos cesaron y oyó como las puertas del coche se abrían.
El sonido de los pasos se alejo mientras el se limpiaba con un clinex y recuperaba su maletín y su compostura.
Abrió la puerta del automóvil y fue directo a la salida.
Allí estaban
Si
La madre de la chica de sus sueños y un señor de unos 60 años. Eso si. Muy elegante.
No pudo disimular y su cara se encendió como una manzana.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 60

La dueña del pulpo reclama su beso de buenas noches.
Lastima que no se envuelvan, no se conserven en el frigorífico y no te puedas suscribir al círculo de besadores.
Porque su rosa no debería estar seca, sino regada de montones de ellos.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 59

Maribel no tenía un amor en cada puerto.
Tenía algo mejor, un puerto lleno de amores solo para ella.
Y los disfrutaba con una buena copa de Priorato.
Se acabó el colocar productos en bandejas, para que otros atraídos por el reclamo picaran en ofertas trampa.
Ahora ella paseaba su elegancia entre todos aquellos marineros, transportistas y montones de hormonas que no la dejaban de decir piropos.
Y ella guiñaba el ojo a aquel, o quizás al de más allá. Porque la que elije por una vez se llama Maribel.
Yo me alegro de que sea así. Y si no lo es lo desearía.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 58

Haciendo surf por la vida había llegado incluso hasta Finlandia, donde el viento helado la quebró un trocito de su corazón.
Media vida en aviones sin darse cuenta de lo más obvio. Que el que planta entre las nubes no puede cosechar gran cosas.
Una inundación de comedor la hizo descubrir que el mundo es lo que pisa, y no otra cosa.
Se ha arreglado el pelo y ha ido el mercado a buscar la verdura más fresca para preparar la ensalada más exquisita.
Por la noche se despertó a ella misma escuchándose hablar en griego.
Una prueba de que el oráculo que había buscado estaba dentro de ella.
Ahora se piensa más subir al carro de Febos y en cambio la gustan más los productos de la tierra.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 57

La dolía el cuello.
La mujer bajita se había pasado la vida tirando de faldones y dobladillos de pantalones para que la hicieran caso.
Ella pensaba que nadie la hacia caso, porque la mirada de los habitantes del mundo de arriba no se encontraba con la suya.
Se movía ágilmente entre aquella jungla de piernas, habituada como estaba a esquivar las pisadas de los gigantes.
Un día descubrió un espejo mágico que la permitía ver la cara de los gigantes y sus ojos.
Bailaba semidesnuda para ellos, y observaba sus reacciones.
Y se dio cuenta que sus miradas eran de los mas vulgares.
Después de todo no se podía medir la grandeza de nadie por el ángulo de inclinación de su cuello.
Al día siguiente salio a la calle y observo que ella también dejaba pisadas.
Un tirón en su falda la sobresalto. Cuando miro hacia abajo vio un personaje que llamaba su atención, tal como ella había hecho antes con los altos.
Su medida del mundo cambió totalmente.
Ahora escribe poesías y va un bar donde ponen regatón.
Y anda más relajada.
Aunque a veces le duele el cuello.
¿Otro tirón?

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 56

Llueve.
Salgo de casa con mis zapatillas deportivas blancas, y mi camiseta con un lince.
Le doy los buenos días al portero, y cruzo la calle.
Me siento en el banco totalmente mojado, mientras la lluvia resbala sobre el cristal de mis gafas.
Saco un cigarrillo, y ocultándolo entre mis brazos, lo enciendo como puedo.
Doy una calada.
El portero sale, y dice:
- ¿Estas loco?, Vuelve, hombre, en tu estado.
Me levanto despacio y calado.
Al llegar a el le sonrío, y le digo:
- Por eso, por mi estado, porque lo puedo hacer, porque me gustaba mojarme el pelo con la lluvia y hoy lo puedo repetir. Mañana ya veremos.
Le invito a un café, mientras me seco el pelo con una toalla, que conservo con el olor del pelo de mi hija.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 55

Hubo una chica que trabajaba en un restaurante oriental, donde sus empleados eran chinos.
No sabía su lengua pero contaba sus palabras.
Si la cuenta llegaba a 100 ella estaba contenta porque imaginaba que le hablaban de países lejanos y viajes exóticos.
Una, dos y tres, eran síntomas de que ese día se preocupaban por sus familias.
Cuatro, cinco, seis, lo que les había ocurrido en el autobús, mientras iban al trabajo.
El llegar a 10 era imaginar una canción, que tarareaba entre las ollas.
Un día contó hasta 200, pero claro, ese era el día de año nuevo para los chinos.
El día que marcharon no pudo contar nada.
Y se quedo mordisqueando el lápiz.
A veces hablo con ella.
Así.
Uno, dos, tres….

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 54

Si agarras una mariposa, y la toco las alas, perderá el polvo que tienen, y nunca más podrá volar.
Eso creía, mientras un hilillo de sangre en la nariz delataba que la vida se le iba. A duras penas levantó un poco la mirada, para ver como la mariposa revoloteaba por encima de la mesa, con aquel polvo blanco esparcido, que por fin le había matado.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 53

Encima de la valla del anuncio está sentado.
Son unos 4 metros de altura pero no parece importarle.
Fuma y el humo le cubre la cara. En la mano tiene una lata de cerveza.
Los pasajeros que esperan el autobús le miran de reojo. Debe estar loco para subirse ahí.
Cuando el autobús aparece por el final de la calle se levanta.
Queda en equilibrio como un trapecista de pie.
Los pasajeros van subiendo uno a uno deprisa, atropellándose unos a otros.
Lo miran cuando el autobús arranca y al girar la calle se oyen murmullos en todos los asientos.
- ¿Has visto?
- Si, si
- ¿Eran alas?
- Parecían
Al llegar a la siguiente parada otean y lo vuelven a ver.
Otra vez fumando.
Los pasajeros no saben que pensar.
Yo tampoco.
Supongo que los Ángeles se han modernizado más que la iglesia.
Igual cunde el ejemplo.
O nos han dado por imposibles y nos abandonan a nuestra suerte.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 52

Toda la vida en la cola.
La cola para salir de su tierra.
La cola para entrar en un país nuevo.
La cola para encontrar trabajo.
La cola de clientes en la barra esperando subir las escaleras.
La cola para enviar el dinero a la familia.
Siempre decía que si alguien la llamaba ilegal se equivocaba.
Deberían llamarla paciente.
Y lo triste es que cuando la cedían el paso, era para verle el culo.

Cuentos muy cortos (para los que nacimos cansados) 51

Vivía dentro del espejo del baño. Y solo se asomaba cuando yo entraba.
Parecía buena gente aunque no lo tenía claro. A veces aparecía con ojeras y otras muchas con aspecto desaliñado.
Nunca me dijo nada, pero yo sabía cuando estaba feliz.
Se lavaba y utilizaba una colonia con un envase como el mío.
Otras salía de la ducha y recogía el agua vertida, con mucho cuidado.
No le vi hacer posturitas ni muecas.
Sobrio.
Un día se le frunció el ceño.
Y lloro.
Rompió el espejo y no le he vuelto a ver.
Una lastima, creo que era un buen tipo.